Mi reflexión como ciudadana ante una realidad ineludible.
El reciente discurso presidencial encendió señales de alerta sobre una posible desaceleración económica que podría impactar significativamente a la República Dominicana. Más allá de interpretaciones políticas, el mensaje deja entrever una preocupación legítima: la vulnerabilidad estructural de nuestro modelo económico frente a un contexto global incierto.
Ante este panorama, surge de manera casi inevitable una pregunta que trasciende lo anecdótico y se convierte en símbolo de angustia colectiva:
¿Quién podrá defendernos?
No se trata de una frase ligera ni de un recurso humorístico. Es, en esencia, la expresión de un pueblo que, en muchos casos, carece de información suficiente para comprender la magnitud de los desafíos económicos y sociales que enfrenta. Un pueblo que, atrapado en las exigencias del día a día, ha normalizado la desconexión con los temas estructurales que definen su presente y su futuro.
La República Dominicana, a pesar de sus importantes recursos naturales y su potencial humano, continúa enfrentando dificultades para consolidar un modelo de desarrollo sostenible e inclusivo. Esta realidad no puede analizarse únicamente desde la coyuntura actual, sino también desde una mirada histórica sobre la gestión pública.
A lo largo del tiempo, distintos liderazgos han llegado al poder con oportunidades reales de transformación. Sin embargo, la debilidad institucional, la cultura del privilegio y, en algunos casos, la falta de visión estratégica, han limitado la construcción de un rumbo claro y sostenido. No se trata de generalizar ni de desconocer esfuerzos puntuales, sino de reconocer que los resultados como país aún están por debajo de nuestras posibilidades.
Más preocupante aún es la desconexión entre la ciudadanía y estos procesos. Un país que no se informa, que no cuestiona y que no participa activamente en la construcción de su destino, se convierte en terreno fértil para la repetición de errores.
Esta no es una reflexión desde la política partidaria, sino desde la experiencia de vida de una ciudadana que ha sido testigo de las desigualdades y de las luchas silenciosas de miles de dominicanos. Una ciudadanía que muchas veces siente que sus valores, su esfuerzo y su intención de aportar quedan relegados en un sistema que no siempre premia el mérito ni la integridad.
A pesar de todo, existe un elemento que permanece intacto y que no puede ser negociado:
nuestra identidad como pueblo.
Un pueblo trabajador, resiliente, que se levanta cada día con la esperanza de construir un mejor futuro, incluso en medio de la incertidumbre. Esa identidad es, quizás, nuestro recurso más valioso y el punto de partida para cualquier transformación real.
Hoy más que nunca, el llamado es a despertar. A informarnos, a educarnos y a asumir un rol más activo en la vida pública. Porque la defensa de un país no recae únicamente en sus gobernantes, sino en la conciencia colectiva de su gente.
La pregunta sigue vigente, pero la respuesta comienza a tomar forma:
nadie vendrá a rescatarnos si como sociedad no asumimos nuestra responsabilidad histórica.
Arelis García López
Terapeuta Familiar y Educadora
