Por Luis Henríquez

Los partidos políticos dominicanos enfrentan hoy el desafío de adaptarse a una sociedad que ha cambiado profundamente. Nuestro marco normativo los reconoce como asociaciones dotadas de personalidad jurídica, integradas por ciudadanos con propósitos políticos comunes y con la posibilidad de ejercer funciones de interés público.

Esa responsabilidad exige que también evolucionen sus métodos de organización y dirección. Sin embargo, buena parte de los partidos todavía conserva estructuras y prácticas heredadas de las décadas de los 70 y 80, cuando la realidad política, social y cultural era muy diferente.

En aquella época, la militancia —especialmente la juventud— estaba marcada por una fuerte vocación ideológica y por el sacrificio personal en defensa de sus ideas. Hoy encontramos una juventud con otras prioridades, nuevas formas de participación y mucho menos vinculada a la política tradicional. A esto se suma el deterioro de la imagen pública de la política y la enorme influencia de las redes sociales.

El político contemporáneo enfrenta la tentación de tomar posiciones pensando más en conseguir un “like” que en defender una decisión racional y necesaria para el Estado o la sociedad. No todo lo que genera aprobación en las redes sociales es necesariamente bueno para el país. El liderazgo político debe escuchar las tendencias, pero no convertirse en esclavo de ellas. Por eso, los partidos políticos dominicanos necesitan una profunda revisión de su modelo de gestión.

La estructura territorial no puede limitarse a funcionar como una maquinaria electoral que se activa durante las campañas. Debe convertirse en una verdadera herramienta de gestión social y política, capaz de conocer las necesidades de cada comunidad, acompañar sus procesos y construir propuestas concretas. La política del presente también exige librar una parte importante de la batalla en el escenario digital, donde hoy se construyen tendencias, percepciones y narrativas sobre el Estado, los gobiernos y los propios partidos. La adaptación no significa renunciar a los principios ni a la historia de las organizaciones políticas.

Significa comprender que la sociedad cambió, la comunicación cambió y la manera de participar en política también cambió.Los partidos que comprendan esta realidad podrán conectar nuevamente con la ciudadanía y, especialmente, con las nuevas generaciones. Los que no lo hagan, corren el riesgo de conservar sus estructuras, pero perder progresivamente su capacidad de representar a la sociedad. La política moderna exige escuchar, comprender y actuar con responsabilidad. La tradición debe ser una raíz, no una ancla.

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