El centenario del nacimiento del líder de la Revolución cubana coincide con uno de los episodios diplomáticos más delicados entre Santo Domingo y La Habana en años: el retiro de nueve miembros de la misión cubana y sus familiares.

Fidel Castro nació hace exactamente un siglo, el 13 de agosto de 1926. Cien años después, Cuba volvió a colocar su figura en el centro de actos, homenajes y debates sobre un dirigente que marcó durante décadas la política latinoamericana y la relación de la isla con Estados Unidos.

Pero la conmemoración encontró a La Habana en uno de sus momentos económicos más difíciles y, por una coincidencia cargada de simbolismo, en medio de una inesperada crisis diplomática con la República Dominicana.

El mismo día del centenario, el Gobierno dominicano confirmó que había solicitado a Cuba el retiro de nueve integrantes de su misión diplomática en Santo Domingo y de sus familiares, a quienes concedió siete días para abandonar el país.

El Ministerio de Relaciones Exteriores (Mirex) no identificó a los funcionarios ni explicó públicamente las razones de la decisión, y señaló que el asunto sería manejado con discreción y conforme al derecho internacional.

La Habana respondió horas después. Rechazó «en los términos más enérgicos» la medida y sostuvo que no existe motivo que la justifique. Según la Cancillería cubana, sus representantes han actuado con respeto a las leyes dominicanas y a la Convención de Viena.

Fue más lejos al atribuir la decisión a la presión de Estados Unidos y calificarla como un acto de subordinación a la política de Washington hacia Cuba.

Así, mientras Cuba recordaba al hombre que durante décadas convirtió el desafío a Estados Unidos en uno de los pilares de su discurso político, el Gobierno cubano volvía a señalar a Washington como responsable de un conflicto diplomático, esta vez a menos de 200 kilómetros de sus costas.

El Fidel detrás del uniforme

El centenario también ha servido para rescatar al Fidel Castro menos solemne, el personaje detrás del uniforme verde olivo, los interminables discursos y las grandes confrontaciones de la Guerra Fría.

Castro cultivó fama de pícaro, orgulloso y dueño de una particular ironía. En septiembre de 1960 protagonizó ante la Asamblea General de las Naciones Unidas uno de sus discursos más recordados.

Antes de extenderse durante horas, prometió hacer lo posible por ser breve y hablar despacio para facilitar el trabajo de los intérpretes. La ironía terminó convirtiéndose en parte de la anécdota.

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