La hipertensión arterial continúa siendo una de las enfermedades cardiovasculares más peligrosas debido a que, en la mayoría de los casos, se desarrolla sin síntomas visibles. Esta condición incrementa el riesgo de infartos, accidentes cerebrovasculares (ACV), insuficiencia renal y deterioro cognitivo si no se detecta y controla a tiempo.
De acuerdo con la Asociación Americana del Corazón, cerca de la mitad de los adultos en Estados Unidos presenta presión arterial elevada, aunque muchos lo desconocen. Los especialistas consideran elevada toda presión superior a 120/80 mmHg, mientras que a partir de 130/80 mmHg ya se habla de hipertensión. Bajo estas condiciones, el corazón debe esforzarse más para bombear sangre y los vasos sanguíneos comienzan a deteriorarse progresivamente.
Los expertos advierten que existen ocho factores principales, algunos poco evidentes, que favorecen el desarrollo de la hipertensión y que pueden actuar simultáneamente.
Uno de los más frecuentes es la alimentación rica en sodio, especialmente por el consumo de alimentos procesados como panes, sopas, pizzas y productos enlatados. El exceso de sal aumenta el volumen de sangre y eleva la presión arterial. Además, el sobrepeso intensifica el problema al exigir un mayor esfuerzo cardíaco. Por ello, se recomienda priorizar alimentos frescos y dietas como la DASH o la mediterránea.
Otro factor relevante es el consumo excesivo de alcohol. Los especialistas señalan que ingerir bebidas alcohólicas de manera frecuente, especialmente en exceso, incrementa el riesgo de hipertensión crónica. El límite recomendado es de una bebida diaria para mujeres y dos para hombres.
La falta de actividad física también representa un riesgo importante. El sedentarismo favorece la obesidad y el endurecimiento de las arterias, obligando al corazón a trabajar con mayor intensidad. Investigaciones publicadas en la revista médica The Lancet indican que realizar al menos 150 minutos semanales de ejercicio aeróbico puede generar beneficios comparables a algunos tratamientos antihipertensivos.
El estrés crónico es otro desencadenante silencioso. La exposición constante a situaciones de tensión provoca la liberación prolongada de hormonas como el cortisol y la adrenalina, lo que contribuye al aumento de la presión arterial. Técnicas de relajación, actividad física y meditación ayudan a reducir ese impacto.
Los especialistas también alertan sobre los trastornos del sueño, especialmente la Apnea obstructiva del sueño. Esta condición provoca interrupciones repetidas de la respiración durante la noche, disminuye los niveles de oxígeno y activa mecanismos que elevan la presión arterial. Ronquidos intensos, jadeos nocturnos y somnolencia diurna son algunas señales de alerta.
La soledad y el aislamiento social también pueden influir negativamente en la salud cardiovascular. Según los expertos, estos estados generan respuestas hormonales similares a las del estrés y se relacionan además con cuadros depresivos, otro factor asociado a la hipertensión.
Asimismo, ciertas enfermedades como trastornos tiroideos, problemas renales o el síndrome de Cushing pueden dificultar el control de la presión arterial. A esto se suman medicamentos de uso frecuente, entre ellos algunos antidepresivos, descongestionantes, anticonceptivos orales y antiinflamatorios.
Finalmente, la predisposición genética y los antecedentes familiares juegan un papel importante en el desarrollo de la hipertensión, incluso en personas jóvenes. Aunque la herencia no puede modificarse, mantener hábitos saludables y realizar controles médicos periódicos puede retrasar la aparición de la enfermedad y disminuir el riesgo cardiovascular.
Información de: Infobae.
